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El Camino De La Salvación

“Y en ningún otro hay salud; porque no hay otro nombre debajo del cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”
(Lectura recomendada: Isaías 12)


¡Qué palabra tan grande, bíblicamente, es esta expresión: “SALVACIÓN”!

Ésta incluye la limpieza de nuestra conciencia de toda la culpa pasada; la entrega de nuestra alma al cuidado de Dios de todas esas cosas propensas al mal, es decir, los efectos nocivos que nos dejó como herencia irrechazable la equivocación de Adán (desobediencia y rompimiento de la amistad con Dios), y que hoy con tanta fuerza dominan en nosotros.

La salvación es la restauración total del hombre caído (a través de la gracia de Dios). Sin embargo, es aún más que eso; porque la salvación de Dios fija nuestra posición todavía más segura respecto de cómo era antes de que cayéramos.

El condicional de gramática de Dios que estipuló en el Edén fue:

“Mas del árbol de ciencia del bien y del mal no comerás de él; porque el día que de él comieres, morirás” (Génesis 2:17).

 

Como vemos, toda esta información respecto de la muerte -y sus efectos colaterales- fue comunicada anticipadamente por Dios a Adán. De igual forma, el contenido de la información proporcionada por el Creador también la recibió la varona, Eva; porque la mujer (Eva) le comunica a la serpiente lo que Dios les ordenó en Génesis 3:1-3: “Empero la serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho; la cual dijo a la mujer: ¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto? Y la mujer respondió a la serpiente: Del fruto de los árboles del huerto comemos; Mas del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, porque no muráis”.

Ahora se nos encuentra rotos en pedazos por el pecado de nuestro primer padre (Adán); manchados, sucios, heridos, renegados.

 



Mas nuestro Padre Celestial hizo propiciación para esto, en Jesucristo, su Hijo unigénito. De esta manera, él repara el daño que provocó el pecado al hombre: sana nuestras heridas, elimina nuestras enfermedades, nos quita nuestra maldición adquirida, pone nuestros pies sobre la Roca -la cual es Jesucristo mismo-, y comparte Su espíritu de santidad; y así nos mantiene, por fin, alzando nuestras cabezas por encima de todo principado y potestades - del infierno -, para finalmente ser coronados por siempre con Jesucristo, el Rey de los cielos, y por medio de él.

Algunas personas que utilizan el vocablo “redención” - salvación, tal vez no alcanzan a comprender todo y sólo lo limitan al hecho del infierno y la entrada al cielo. Sin embargo, eso no es en realidad redención, bíblicamente hablando, o no engloba todo lo que la redención significa. Esos dos factores son efectos de la redención. A saber, somos redimidos del infierno porque somos salvos por medio de Jesucristo, y entramos en el cielo de nuestro Padre Celestial porque hemos sido redimidos de antemano (nótese Efesios 2:5. Leemos: “Aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo; por gracia sois salvos”).

Nuestro estado eterno es el efecto de la redención en esta vida, ahora.

La seguridad de ella (la salvación) no depende de nuestras obras aquí, en la tierra, como pasó en Génesis 3: 1-3 propiciado al signo de la maldición declarado por Dios: “…porque el día que de él comieres, MORIRÁS” (es decir, del árbol de la ciencia del bien y del mal. Véase Génesis 2:17).

 

Esa palabra guarda todos los aspectos de la conducta del ser humano. El efecto de ello es: la ruina total del alma del hombre. No escapa nada de ello, porque este efecto atrajo la maldición a todos los descendientes de Adán y Eva y de la creación de Dios, es decir, de todos los demás seres vivientes creados de la tierra (Véase Génesis 1:11-12, 20-22-30; 2:20-25 y Capítulo 3).

Cayó toda la maldición: a saber, sus efectos nocivos; así como los efectos de radiación que puede dejar infinitamente una bomba atómica, cuyas secuelas son impredecibles. Aunque ya tenemos ejemplos de algunos de estos desastres a colación: Hiroshima, Nagasaki, Chernóbil y tantos otros.

Así el pecado encierra y da a conocer sus efectos sobre la vida del ser humano.

La salvación, por medio de Jesucristo, es el auxilio de Dios hacia el hombre y la mujer creados por él. Su aspecto ofrecido conlleva el consuelo y fortaleza (redención).
Es un error para nosotros imaginar que la salvación se resume nada más que a “escapar” del infierno e ir al cielo.

La salvación comienza con nosotros como ovejas errantes, que nos va siguiendo a través de todas nuestras andanzas: confundidos, desorientados. Es ella (la salvación: Jesucristo – la Palabra de Dios) quien sale a buscarnos en todo lugar donde nos encontremos. Y al encontrarnos, nos pone sobre los hombros del Buen Pastor (considere Juan 10), quien nos lleva al redil; en donde reúne a sus amigos y vecinos y se regocija con nosotros. Nos conduce, guarda y cuida a través de toda nuestra vida; y luego, por fin, nos lleva a las verdes praderas del cielo, junto a aguas de felicidad, donde nos recostamos para descansar para siempre en presencia del Príncipe de los pastores, y para nunca más ser recordados de lo que fuimos.

MEDITACIÓN:

La salvación de la pena del pasado del pecado (expiación).

La salvación presente del poder del pecado (justificación).

La salvación prospectiva del poder del pecado (santificación).

“¿Cómo escaparemos nosotros, si tuviéremos en poco una salud (salvación) tan grande? La cual, habiendo comenzado a ser publicada (anunciada) por el Señor, ha sido confirmada hasta nosotros por los que oyeron” (Hebreos 2:3).

¡No te lo pierdas! ¿Deseas alcanzar la salvación? (medita en el Himno 330 – del Himnario Bautista).

Te invito a hacer juntos una plegaria ante Dios:
«Dios, como descendiente de Adán y de Eva, yo, ______________, me doy cuenta -inmerso/inmersa en mi estado de tristeza y esclavitud- de mi pobreza y enfermedad, de mis flaquezas, de mis soberbias y mi ansiedad, del terror a la muerte y de lo que la tumba me muestra; y, consecuentemente, que sin la salvación no tengo nada. Estoy perdido/perdida. Señor Jesús, tú eres la luz y la vida. Me arrepiento de mis banalidades (mis pecados). Yo soy pecador/pecadora. Ten piedad de mí. Dame llanto de dolor. Me arrepiento de mi maldad. Necesito urgentemente el perdón de mis pecados y concédeme la salvación. Gracias Señor Jesús, en tu nombre. Amén».
 


Si tú necesitas ayuda o aconsejamiento no dudes en comunicarte a través de las direcciones que damos en la radio,  
Dios te bendiga y proteja. Pastor Ricardo Iribarrhen.

Mensajes ya predicados desde el púlpito de la Iglesia Bautista Bíblica Misionera, por el pastor Ricardo Iribarrhen.

 

Edición y Montaje por Nicolas Benjamin Gonzalez
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Modificado por última vez enMiércoles, 11 Julio 2018 15:56
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