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Una Cuestión De Gracia

El tiempo de la gracia se entiende desde la crucifixión de Cristo hasta su segunda venida; es decir, esta dispensación bíblica comienza desde Mateo 27: 50: “Mas Jesús, habiendo otra vez exclamado con gran voz, dio el Espíritu

y hasta Apocalipsis 19: 11-16: “Y vi el cielo abierto; y he aquí un caballo blanco; y el que estaba sentado sobre él, era llamado Fiel y Verdadero, el cual en justicia juzga y pelea. Y sus ojos eran como llama de fuego, y había en su cabeza muchas diademas; y tenía un nombre escrito que ninguno ha conocido sino él mismo; y estaba vestido de una ropa teñida en sangre; y su nombre es llamado LA PALABRA DE DIOS. Y los ejércitos que están en el cielo le seguían en caballos blancos, vestidos de lino finísimo, blanco y limpio. Y de su boca sale una espada aguda, para herir con ella los gentiles; y él los regirá con vara de hierro; y él pisa el lagar del vino del furor, y de la ira del Dios Todopoderoso. Y en su vestidura y en su muslo tiene escrito este nombre: REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES”.

Esta dispensación incluye Zacarías 14: 4: “Y se afirmarán sus pies en aquel día sobre el Monte de las Olivas, que está en frente de Jerusalén a la parte del oriente; y el Monte de las Olivas, se partirá por medio de sí hacia el oriente y hacia el occidente, haciendo un muy grande valle; y la mitad del monte se apartará hacia el norte, y la otra mitad hacia el mediodía (o sea, el Zenith)…”

Esta cita bíblica es excluyente, pues queda como Escritura testigo tanto desde la finalización del tiempo transcurrido del Éxodo como hasta la crucifixión de Cristo; es decir, desde Éxodo 12: 37: “Y partieron los hijos de Israel de Ramesés a Sucot, como seiscientos mil hombres de a pie, sin contar los niños” hasta Mateo 27: 50: “Mas Jesús, habiendo otra vez exclamado con gran voz, dio el Espíritu” - quiere decir, desde el pacto de Moisés, el cual incluía a los israelitas y a todo extranjero que aceptase someterse voluntariamente a los “mandamientos” - “juicios” - “ordenanzas”.
La característica principal de este concurso comprendía:
A)    El rito de la circuncisión – (vemos Éxodo 12: 48-49: “Mas si algún extranjero peregrinare contigo, y quisiere hacer la pascua al SEÑOR, séale circuncidado todo varón, y entonces se llegará a sacrificarla, y será como el natural de la tierra; pero ningún incircunciso comerá de ella. La misma ley será para el natural y para el extranjero que peregrinare entre vosotros”).
B)    Un reino de sacerdotes – en donde Israel intercede por las naciones que le rodeaban.
C)    Gente santa – Nunca se ha limpiado un pecado por todo esfuerzo humano que se haga por querer obviar esta cuestión. El desear ponerlo en olvido (al pecado) o negarlo rotundamente, declarando que es un engaño, o que cada uno haga lo que quiere y como guste, eso no cambia -ni cambiará- la demanda de Dios.
Nunca se ha limpiado el pecado de ningún otro modo que no sea por medio de sangre (o sea, por medio de la vida de alguien; porque en la sangre la vida está).


Y no existe santidad por mérito propio humano que sea digno de llevar este nombre: “SANTO”. Por eso su tercera promesa incluyó la aplicación de Su sangre y la comunicación de Su santidad.
Éxodo 19: 6: “Y vosotros seréis mi reino de sacerdotes, y gente santa. Estas son las palabras que dirás a los hijos de Israel”.
D)    Sanidad divina – Una cuarta promesa de Dios que debería ser incluida en este pacto ya había sido dada en las aguas de Mara (amargura).
“… y dijo: Si oyeres atentamente la voz del SEÑOR tu Dios, e hicieres lo recto delante de sus ojos, y dieres oído a sus mandamientos, y guardares todos sus estatutos, ninguna enfermedad, de las que envié a los egipcios, te enviaré a ti; porque yo soy el SEÑOR tu Sanador” (Éxodo 15: 26).

El propósito de la ley
Prohibir el pecado:¿Pues de qué sirve la ley? Fue puesta por causa de las rebeliones, hasta que viniese la Simiente a quien fue hecha la promesa; y fue ordenada por los Angeles en la mano de un Mediador” (Gálatas 3: 19).

Traer el conocimiento del pecado: Al prohibir el pecado, la ley mostró lo que era pecado: “La ley empero entró para que el delito creciese; mas cuando el pecado creció, sobrepujó (sobreabundó) la gracia…” (Romanos 5: 20).
El pecado estaba en el mundo antes que la ley (vemos Romanos 5: 13: “… Porque hasta la ley, el pecado estaba en el mundo; mas el pecado no era imputado, no habiendo ley” (También clarifica en Romanos 4: 15: “… Porque la ley obra ira; porque donde no hay ley, tampoco hay rebelión”, y en Romanos 7:8: “Entonces el pecado, cuando hubo ocasión, obró en mí por el mandamiento toda concupiscencia. Porque sin la ley el pecado estaba como adormecido”. ¿Para qué vino la Ley? Veamos: “¿Luego lo que es bueno, a mí me es hecho muerte? No; sino el pecado, que para mostrarse pecado por lo bueno, me obró la muerte, haciéndose pecado sobremanera pecaminoso por el mandamiento” (Romanos 7: 13), y para que todos los hombres pudiesen ver la necesidad que tienen de un Salvador del pecado (vemos Gálatas 3: 22: “Mas encerró la Escritura todo bajo pecado, para que la promesa fuese dada a los creyentes por la fe de Jesús, el Cristo”). ¡Amén!

Ser guardado para Jesucristo: Además, por la ley “estaban guardados” para aquella fe que había de ser descubierta (Gálatas 3: 23: “Pero antes que viniese la fe, estábamos guardados bajo la ley, encerrados para aquella fe que había de ser descubierta”). Su poder capacitaba ante cualquier separación de este pacto; les dejaba en conflicto con la ley y los castigos consiguientes que sufrirían.

Era (la ley) un maestro: La ley (nos) sujeta rígidamente a Cristo. Era un ayo (cual un pedagogo que acarrea a los niños rebeldes a la escuela) que los traía a Cristo para que fueran justificados por la fe. Una vez en poder de Cristo, la santidad fluía con naturalidad, y ya el maestro-ley no era necesario (vemos Gálatas 3: 23-25: “Pero antes que viniese la fe, estábamos guardados bajo la ley, encerrados para aquella fe que había de ser descubierta. De manera que la ley fue ayo nuestro para llevarnos a Cristo, para que fuésemos justificados por la fe. Mas venida la fe, ya no estamos bajo la mano del ayo…”).
Es verdad que la ley fue como un cerco protector para Israel. Vemos qué preguntaron los saduceos y cómo el Señor respondió: “Aquel día llegaron a él los saduceos, que dicen no haber resurrección, y le preguntaron, diciendo: Maestro, Moisés dijo: Si alguno muriere sin hijos, su hermano se case con su mujer, y despertará simiente a su hermano. Hubo pues, entre nosotros siete hermanos; y el primero tomó mujer, y murió; y no teniendo simiente, dejó su mujer a su hermano. De la misma manera también el segundo, y el tercero, hasta los siete. Y después de todos murió también la mujer. En la resurrección pues, ¿de cuál de los siete será ella mujer? Porque todos la tuvieron. Entonces respondiendo Jesús, les dijo: Erráis ignorando las Escrituras, y la potencia de Dios. Porque en la resurrección, ni maridos tomarán mujeres, ni las mujeres maridos; porque son como los ángeles de Dios en el cielo. Y de la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído lo que es dicho de Dios a vosotros, que dice: YO SOY el Dios de Abraham y el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? Dios no es Dios de los muertos, sino de los que viven. Y oyendo esto la multitud, estaba fuera de sí por su doctrina” (Mateo 22: 23-33). Pero también fue como una especie de cárcel, en la cual se agitaban vanamente las almas sedientas de santidad (vemos Romanos 7: 14-26: “Porque ya sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido a sujeción del pecado. Porque lo que cometo, no lo entiendo; y ni el (bien) que quiero, hago; antes lo que aborrezco, aquello hago. Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena. De manera que ya yo no obro aquello, sino el pecado que mora en mí. Y yo sé que en mí (es a saber, en mi carne) no mora el bien, porque tengo el querer, mas efectuar el bien no lo alcanzo. Porque no hago el bien que quiero; pero el mal que no quiero, éste hago. 20Y si hago lo que no quiero, ya no obro yo, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: Que el mal me es propio. Porque con el hombre interior, me deleito con la ley de Dios; mas veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable hombre de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte? La gracia de Dios, por Jesús, el Cristo o el Ungido, Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, pero con la carne a la ley del pecado)”.

 


Dios bendiga tu vida. Pastor, Ricardo Iribarren.

Devocional elaborado y escrito por el pastor Ricardo Iribarren

(Biblia consultada: Sagradas Escrituras 1569  - Versículos en forma textual)

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